Vivimos en una época en la que tener un proyecto parece definir al fotógrafo. La narrativa visual -apoyada con otros elementos como el texto o los grafismos- se ha ido imponiendo pareciendo desechar otro tipo de propuestas. Aunque siempre trato de recordar en mis conversaciones a Robert Doisneau (1912-1994) que afirmaba sin ningún tipo de vergüenza que su obra no estaba estructurada en proyectos. Él perseguía imágenes únicas, momentos irrepetibles capturados al vuelo. Por supuesto que no debemos olvidar que en su época se imponía una fotografía humanista ampliamente superada hoy en día, su enfoque plantea una pregunta incómoda: ¿puede un fotógrafo limitarse a coleccionar instantes sin construir narrativas?
El fotógrafo callejero parte de cartas que le reparte el azar. Su desafío es parte de obtener sus imágenes resolviendo un problema visual en un segundo. Es un reto en sí mismo, tratar de componer con los elementos que ofrece la luz natural y el propio azar. Sin embargo, el autor que se dedica exclusivamente a la caza de imágenes únicas, bellas, puede que se quede estancando en su evolución fotográfica, repitiendo fórmulas compositivas sin avanzar en la complejidad conceptual.
La fotografía es uno de los lenguajes menos eficientes que existen. Aquí se encuentra la tensión central: una fotografía aislada, fuera de contexto, sólo puede evaluarse por su composición, su luz, su contraste. Algunas imágenes logran transmitir por sí solas lo que está sucediendo -pensemos el desembarco de Normandía de Robert Capa o el beso de Times Square de Eisenstaedt-, pero lo consiguen porque compartimos referencias culturales e históricas que llenan los vacíos narrativos. Una fotografía de un desconocido sentado en un banco, por brillante que sea su composición, difícilmente transciende sin un marco que le dé sentido.

El riesgo del fotógrafo callejo puro es acabar con una colección de instantes en lugar de una obra. Le falta el contrapeso del relato, ese hilo que conecta las imágenes y las hace avanzar hacia algún significado mayor. Al rechazar – consciente o inconscientemente- la construcción narrativa, el fotógrafo se coloca en una posición distante, casi neutral, fragmentando la experiencia en lugar de articularla. El problema no es técnico, sino comunicativo: entrega su obra a la interpretación del espectador sin ofrecerle anclajes y muchas veces el espectador no logra conectar con imágenes que parecen buscar la perfección formal.
No es que este modo de entender la fotografía de calle sea inferior al fotolibro conceptual o al proyecto documental. Se trata de reconocer sus límites. Doisneau podía permitirse ser un coleccionista de imágenes porque trabajaba para revistas que contextualizaban su trabajo, porque su mirada humanista conectaba con el imaginario colectivo de posguerra.
Hoy, con el volumen ingente de fotografías publicadas y compartidas, la fotografía suelta compite con cierta desventaja. Sin narrativa, sin intención más allá del momento estético, corremos el riesgo de que se disuelva en el flujo interminable de imágenes que consumimos y olvidamos. La cuestión, en definitiva, no es abandonar la calle ni renunciar a al espontaneidad, si no encontrar el equilibrio entre el instante capturado y el discurso construido. Entre ser un coleccionista de imágenes y ser un autor con algo que comunicar.
